Publicado en el número 91 de Convivencia Saucana - Mayo-Junio 1986.
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SEMBLANZA Y RECUERDOS DE LA VISITACIÓN.
Me producían una especie de corriente eléctrica por la espina dorsal, cuando las mujeres chillaban cuando subían o bajaban a los toros o simplemente cuando era una "falsa alarma".
Los toros me produjeron siempre nerviosismo. Y como yo era pequeño entonces, todo me parecía más desproporcionado de lo que realmente era. Tengo en el subconsciente grabados aquellos días de calor, sol ciego, cielo turquesa, polvo y cansancio. Cuando el caballista se llegaba al grupo de espectadores, todo sudoroso, para contar no sé qué anécdota de los toros escapados por El Solén. Llegaba el caballo jadeante, empapado en sudor, con los flancos teñidos de rojo por el roce de las espuelas, y a mí se me antojaba que era un guerrero de las huestes del Cid que venía de vérselas con los moros.
Yo no me quería quedar nunca en casa, y mi padre me llevaba a los encierros que, con frecuencia te caía al lado y que se levantaba llena de histerismo cuando el toro enfilaba calle arriba, sacándome de mis abstracción cuando contemplaba absorto el vuelo de los vencejos. Era característico el olor a pólvora de los "cuetes" mientras la bandera roja y gualda ocupaba todo el balcón del Ayuntamiento.
No sé si me cansaba más la fiesta entonces o ahora. La expectación de la víspera, las ganas o la ilusión, contrastaban siempre con el aburrimiento general que produce el novillo emplazado y el reloj en las dos y cuarto, cuando realmente lo que le gustaría al personal es irse a comer, y el animal con la boca abierta escuchando las voces que tratan de empujarlo hacia la plaza o hacia el toril:
- ¡Toooro , Toooorooo...! -
Herido por las piedras que le lanzan, y los trozos de madera, sigue clavado en sus sitio aguantando, agotado por las carreras de toda la mañana.
No ha cambiado mucho la fiesta, salvo que ahora es más pachanguera, bulliciosa y colorista. La gente que viene es triple de la que yo recuerdo hace treinta años. La tierra amarillenta de las cebadas secas, rastrojeras, la laguna apenas un charco de agua sucia, y los toros por el Teso de Carrevenialbo en dirección al Palomar.
No es una vez ni dos, que yo recuerde los encierros de la calle a las cuatro de la tarde hora en que, por fin habían logrado subirlos. Apenas gente al detalle y con las consabidas sorpresas.
Recierdo cuand cogió al Señor Benito del Río, al chico del Señor Santiago Arganda, a Alejandro Hernández Corral, a Patronio el herrero (pobre Patronio como lloraba al ver que el toro se le acercaba) del archifamoso cantar, cogida épica de la que Varela tomó una instantánea segundos antes de que sucediera, y de la que yo conservo una copia.
También tengo una de Benito antes de que lo enroscara en las mieses de las eras. Y así numerosos ejemplos. Los toreros de más o menos postín, que pasaron de novilleros por aquí, tal como Antonio Ramos, José Luis Barrero, Santiago Martín "El Viti", y un largo etc. imitados por las glorias locales Faustino, Alejandro o Domingo, etc., etc., ¡qué tiempos!.
A la Visitación le han dado otro giro las peñas, el desarrollo económico y las buenas costumbres como las verbenas y limonadas populares con que obsequiar a vecinos y forasteros. La música, charangas y bailongos, animan estos días calles, prado y plaza de toros. Es totalmente diferente a la Visitación de la posguerra, austera y ascética, donde la falta de recursos económicos de la gente incidía en el festejo. No había "limonada a todo pasto", algunas pandas de amigos llevaban el clásico botijo o una bota para refrescar. Todo lo más el carrito de los helados de Nemesio.
Tampoco se daba antes una Visitación vísperas electorales; la palabra elector estaba borrada del diccionario. Nadie sabía lo que significaba y, entre otras cosas todo estaba ya elegido.
Entonces no había Fraga ni Felipe, los contendientes si acaso eran Julio y Cipriano, que se disputaban las subastas de toros. Siempre fue también gracioso, asistir el día de la Virgen de la Antigua al ritual de "pedir los toros", consistente en pegar cuatro "yeeepas" o grito de guerra saucano frente al consistorio y que sirve para que el alcalde de turno diga que "ya está hecho". Luego sólo había que esperar a que viniera Luguillano, o en otros tiempos Chula para que trajera los toros, y las vacas Juan Manuel.
La Mariseca, el río (no se cuál) que corre a lo largo, y un poquito a lo ladero, y cosas así, han venido configurando la fiesta de Visitación, con una serie de elementos, tópicos y costumbres, ideas y aspectos plásticos y estéticos en un marco veraniego y saucano, con unos hombres del ambiente rural castellano ya adaptados a nuevas costumbres e imposiciones de los tiempos actuales.
Las de este año, mira tú por cuanto, son las primeras fiestas en el seno del Mercado Común en el marco europeo. ¿No serían elemento exportable a la Comunidad?. No sé cómo no se negociaron en los acuerdos de Bruselas, los políticos no cayeron en cuenta con el detalle: fiestas de Visitación a cambio de pesca libre en el Golfo de Vizcaya.
Cuando estas líneas lleguen al periódico, la fiesta estará en auge, los mismos vencejos estarán cortando el cielo, las mismas cebadas se secarán en las tierras, el mismo sol estará pendiente sobre nuestras cabezas, y los novillos subirán por la calle levantando polvo mientras las mujeres, gordas o flacas chillarán sus carreras; así van transcurriendo nuestras fiestas de Visitación. Las que vimos, las que vemos, las que vieron los que ya no están y las que verán los que no han llegado.
De todas las maneras:
¡Viva la Visitación!.
F. ROMERO. Del nº 91 de Convivencia Saucana - Mayo-Junio 1986.
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